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Arqueros versus arqueros – Líder en deportes

Por estos días los medios de comunicación se ocupan, especialmente los canales de cable, de la disputa cordial entre Thibaut Courtois y Andriy Lunin para defender el arco del Real Madrid en el partido final de la Champions League, el sábado primero de junio, ante el Borussia Dortmund. Las dudas han aparecido por las convincentes actuaciones de Lunin; sin embargo, el que manda puso las cosas en su lugar.

“No hay duda: jugará Courtois ese día. Él es el mejor del mundo”, ha expresado, tajantemente y para ponerle fin a la discusión, Carlo Ancelotti, entrenador del club español. Aclarado el asunto de la valla madrileña, miramos hacia Venezuela y avizoramos que aquí se podría plantear algo así.

Últimamente ha sido Rafael Romo el titular de la Vinotinto; sus impecables actuaciones no han dejado grietas: temerario, atrevido, es uno de esos arqueros que alimenta en sus compañeros de la defensa mucha seguridad, y desata en los atacantes contrarios un respeto que a veces llega al miedo.

No obstante, quien haya seguido los partidos del Caracas y con ellos, las actuaciones crecientes de Wuilker Fariñez, podría ser tomado por la incertidumbre: ¿no era Fariñez, el ágil, el volador, el indiscutido de la Vinotinto hace algún tiempo? ¿En qué momento y por cuáles razones perdió su lugar? Fariñez tiene la facultad de adivinar por dónde va la pelota, y aunque no es un arquero de gran tamaño, compensa esa carencia con la colocación adecuada para cada situación.

Entonces, una brega simpática, pero no por eso menos dura entre dos magníficos cuidadores del portal, y buena para “enloquecer” de agrado a la dirección técnico de la selección nacional: ¿quién jugará, por cuál de los dos nos vamos a decidir, cuál vivirá un mejor momento?

Ponemos el retroceso en la historia del fútbol venezolano para llegar hasta los días de César “Guacharaca” Baena y Daniel Nikolac. Eran tan buenos, tan competentes, tan sin miedo, que para los entrenadores era un dilema a quién poner en este o en aquel partido. Casi siempre, y tampoco sabemos por qué, era Baena el elegido.

La gente de fútbol siempre polemizaba sobre la calidad y el arrojo de los dos muchachos, y las opiniones se dividían entre uno y otro: “Guacharaca” atrevido y gritón, Nikolac salidor y felino.

Baena fue el cuidador de la cabaña en partido de mucha importancia como aquel ante la Argentina de Diego Maradona en San Cristóbal, y Nikolac el titular en los Juegos Centroamericanos y del Caribe celebrado en La Habana y en los que Venezuela alcanzó la medalla de oro.

Así se manejan las situaciones en el fútbol nuestro de cada día. No hay, al menos en la superficie, una rivalidad que llegue a desear el fracaso del otro, aunque nunca se sabe lo que pasa allá dentro, en los sentimientos de cada uno: “Caras vemos, corazones no sabemos”.

Ellos son “Las madres”

Y como son las cosas en el fútbol: la posición de más sacrificio, en aquella en la que sus defensores no pueden errar, es la única que no entra en los festejos de los goles de su equipo; todos sus compañeros se abrazan, todos ríen, y nadie se acuerda que allá lejos, en la inmensidad de la cabaña sagrada, mora un arquero serio, responsable, aunque casi siempre ignorado por sus amigos.

Decía el escritor Vicente Verdú en un libro sobre fútbol, en el que analizaba todas las funciones de los jugadores, que el arquero era como la madre, aquella que en las fiestas de la familia pocos se acuerdan de abrazarla, porque ven su rol como autora de las vidas de la gente que la rodea como algo muy natural.

Habría que preguntarle a los defensores de esa posición qué sienten ellos; si se ven como parte del grupo o marginados por la propia naturaleza del juego.

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