Deporte

Suramérica, patria de golear, vivir y morir

Así como cuando Brasil o Argentina le han dado alegrías desbordadas a las naciones suramericanas con sus victorias en mundiales, o cuando sus mejores jugadores han ido a Europa a golear y triunfar, también las sombras tristes de los días recientes les han hecho cambiar sus rostros y mirar a la derrota como inevitable en el tránsito vital.

La pasada fue una semana de congojas. Porque así como Charles Aznavour dice en su canción que a París que le han cambiado la ciudad bohemia por la modernidad, y por ello en su oficio de pintor “llora el pincel”, en esta región “llora el balón” luego de ver morir a Luis Mendoza y César Luis Menotti.

La fragua del dolor se inició en Venezuela. Luis Mendoza, extraviado en los indescifrables laberintos de su mente, perdido en las enredaderas de su memoria, vio cómo su existencia se fue mermando, apagando, hasta ver llegar a su calendario el mal día del adiós.

Mendocita fue ídolo cuando no había ídolos, fue grande cuando costaba ser grande. En aquel fútbol en el que le tocó desparramar quiebres e inteligencia, peleas y faltas mal intencionadas en su contra, era una rareza poder tener a uno o dos criollos en el campo de juego terciando con aquellos importados que por entonces iluminaban el fútbol de colonias. Llegaron al país, con un dólar a 4,30 bolívares, jugadores titulares de Vasco da Gama, Independiente de Avellaneda, Peñarol, Boca Juniors, Flamengo y Millonarios. Aquella moneda, fuerte de toda fortaleza, era un imán para venir. No será posible saber si en esta época de incontables viajes a países de fútbol, a cuál hubiera ido a parar la categoría de Mendoza; seguramente, vaya ensoñación, a uno de alcurnia y pedigree.

Días después, no había manera de detener el llanto inconsolable. Se ha ido César Luis Menotti y el vacío no se podrá llenar tan fácilmente.

Menotti es recordado como campeón mundial en 1978 con la selección argentina y por sus respetable y agudos conceptos, pero hay algo en su largo y sabio caminar que pocos recuerdan. Cuando le entregaron el comando del seleccionado de su país, en 1974, de inmediato partió al interior del país con la idea y la convicción de construir un fútbol que él consideraba entre los mejores del mundo. Fue, vino, y fue construyendo ladrillo a ladrillo el edificio de un equipo que terminó con la corona universal. Lo demás, sus desplante con el presidente Jorge Videla pertenece más que al fútbol, a la dignidad de un hombre, por encima de todo, digno.

Luis Mendoza y César Luis Menotti tuvieron siempre cosas en común. No solo fue el fútbol; yendo más allá de los campos, de las camisetas y los nombres, fue su postura ante la vida, ante las circunstancias y la defensa del jugador como ser humano. Les dolían las injusticias, clamaban por un mundo de menos dolor, y añoraban una sociedad de equilibrio sin tantos pobres y más sonrisas.

¿Quién para ese penalti?

Años después del brillo incandescente de Mendoza, emergió en el fútbol nacional Daniel Nikolac. Arquero de grandes manos, de salidas impecables en los balones de córner, felino en sus vuelos hacia los lados, vivió desde el arco la medalla de oro de Venezuela en los Juegos Centroamericanos de La Habana, en 1982.

Con Nikolac, infaltable en las alineaciones del Marítimo de cada domingo de partidos, continuaba la tradición nacional de ofrecer magníficos guardianes del marco, en un tiempo cuando amablemente rivalizó con César “Guacharaca” Baena. Para mucha gente de fútbol ha sido Nikolac, quizás, el mejor de todas las épocas.

Pero como a veces también el destino, escondido en las esquinas más oscuras traiciona, el sesgo de su mala hora le llegó a sus 59 años de edad, cuando trataba, con espíritu juvenil, de ser un director técnico de renombre.

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